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domingo, 9 de agosto de 2015

Crónica II, por Laura José

La palma aceitera compromete la supervivencia rural


Organizaciones campesinas de María La Baja acusan a terratenientes de daños ambientales y desplazamiento forzado


Evelio Pacheco Rodríguez, en la plantación de palma que cuida. FOTO: Jorge Giraldo Calle.

Pequeños agricultores del municipio de María La Baja, señalan que el negocio de la palma de aceite les ha traído contaminación, escases de alimentos y desalojos. “El problema no es la planta; son los terratenientes que imponen reglas que solo los benefician a ellos y nos obligan a buscar otras tierras para sembrar y vivir”, afirma Dominga Ospino, presidenta de ASOCAFRO (Asociación de Campesinos y Campesinas Afro de María La Baja).

Los colectivos sociales que reconocen estos problemas, temen que se presenten episodios de violencia selectiva como ocurrió en el departamento del Cesar con líderes opositores al monopolio; en 30 años de operación de la planta Palmas del Cesar, 25 miembros de sindicatos fueron asesinados por grupos ilegales. En versiones libres de paramilitares, la justicia colombiana ha conocido que las muertes fueron provocadas para favorecer esta industria, abaratando los precios de la tierra y obteniendo mano de obra mal paga.

María La Baja es un poblado al norte del departamento de Bolívar que desde la década de los 50 ha sufrido el conflicto armado del país. Los grupos al margen de la ley, se fijaron en estas tierras por ser de los suelos más fértiles en la región y tener un distrito de riego que funciona todo el año.

Las dificultades que trajo el cultivo
El costo socioambiental no es rentable para los pobladores de las Marías. En 1998, al negocio palmicultor ingresaron campesinos que alquilaban o vendían sus tierras para acceder a los retoños gratuitos que otorgaba el Gobierno Nacional. Lo que a finales del siglo XX eran paisajes de arroz, plátano y maíz, hoy solo lucen corozos que no son comestibles.

“Nos empujan a un desplazamiento forzoso porque no tenemos tierras para sembrar. Hay que salir del pueblo a trabajar en las ciudades y así mantener nuestras familias”, comenta Fulgencio Batista, campesino montemariano. El OCC (Observatorio del Caribe Colombiano) advirtió en 2013 que “entre 2005 y 2011 la población de la región Caribe se hizo más urbana que rural: los campos y veredas de la región se están quedando solos, mientras que las grandes urbes se están superpoblando y esta tendencia seguirá hasta el 2019. (…) Del total de los 9 millones 100 mil habitantes que tiene aproximadamente la región, el 72% está concentrado en las ciudades y cabeceras municipales”. El OCC describe que entre una de las razones del desplazamiento interno, está el impacto de la palma en la economía rural.

La siembra del pancoger se trasladó a zonas sin carreteras ni agua potable, lo que provocó que los alimentos básicos subieran sus precios. El informe del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) “Los Montes de María: análisis de la conflictividad” de 2010, advierte que poblados vecinos a María La Baja les llevan alimentos para abastecerlos. Un kilo de arroz en 2005 podía costar $500 y al 2009 se encontraba en $2.000.

Evelio Pacheco Rodríguez, un campesino que entró a la palmicultura, asevera: “Antes en cualquiera de nuestras fincas encontrábamos los ojos de agua (fuentes hídricas naturales), hoy no los tenemos porque la palma chupa mucha agua de la tierra. Lo único que nos queda es la represa y a mí me da miedo usarla: uno puede ver cómo baja la porquería de las palmas, viene hedionda y negra por el poco de químicos y fertilizantes que le echan”. El Colectivo de Comunicaciones de los Montes de María, informó el pasado 2 de mayo sobre la muerte masiva de peces en los cuerpos de agua donde desembocan los desechos de las plantaciones, mas sus acusaciones no obtuvieron respuestas de la administración departamental.

El negocio en cifras
Colombia es el cuarto productor de palma en el mundo y el primero en América Latina, con más de 50.0000 hectáreas sembradas y una producción anual que supera los 1,2 millones de toneladas de aceite crudo, según Fedepalma (Federación Nacional de Cultivadores de Palma). Datos del Ministerio de Comercio indican que el país exportó 233 millones de dólares en 2014, un 28,8% más que en 2013.

A nivel mundial, la industria de la palma maneja más de 45.000 millones de euros, según la gestora de fondos Green Century Capital Management, y la rentabilidad del negocio crece anualmente sobre el 5%. El “óleo rojo” – llamado así por su color -, tiene dos grandes ventajas en el mercado: es el aceite comestible más barato – en junio pasado una tonelada costaba 638 dólares, mientras que la soja 744 dólares, el coco 1.131, y el girasol 1.538 -; y su uso es tan amplio que se puede encontrar en cosméticos, alimentos para humanos y animales, medicinas y biocombustible. Si bien la rentabilidad es apetitosa para los inversores, los mismos problemas señalados en María La Baja son la realidad que afrontan países como Malasia, Indonesia, Papúa Nueva Guinea y la República Democrática del Congo, después de invertir en la agroindustria.

Soluciones para el sector

Luis Fernando Castro, presidente de Bancoldex, aseguró el 2 de junio pasado en el Congreso Nacional Palmero, que el Gobierno abrirá tres líneas de crédito para impulsar a los palmicultores con 28.050 millones de pesos. Pero no parece ser suficiente para aliviar el malestar generado. “Es que la plata que promete el Gobierno va derecho a los grandes señores que son los propietarios de los cultivos, y nosotros seguiremos igual. Aquí tienen que venir entidades internacionales, ya tocamos puertas en la Defensoría Nacional del Pueblo y la Personería para que nos ayuden, pero hay que esperar porque son temas delicados para denunciar” concluye Dominga Ospino.

domingo, 2 de agosto de 2015

Reportaje, por Laura José


Los bocados que venden la burra y la abuela


Con rebuznos y arengas llegan los manjares que engalanan las mesas de barrios pobres en Cartagena. Una anciana reta el hambre que reina en estas vecindades, con alimentos que coquetean a los bolsillos de poco dinero.


Por Laura José Martínez



La familia de Enilda reconoce que ella es plebe y vulgar en su hablado, pero nadie se atreve a callarla o corregirla.  FOTO: Jorge Giraldo Calle.


Cada rato su familia le reprocha que está muy vieja para seguir en eso; que sus años de campesina pasaron; que sus 13 hijos pueden mantenerla perfectamente a ella y a su señor esposo, ciego por demás. “Yo dejo de vender comida con mi burra el día en que me muera. Ahora es cuando el cuchillo corta”, refiere Enilda Muñoz Vénera entre fuertes carcajadas.

Su risa palpita entre las carcomas y el salitre de su casa. Suena como toz seca; la expulsa desde sus entrañas para adornar la jocosidad y plebedad de sus frecuentes chistes. Su aptitud deja entrever que está por encima del bien y el mal; a sus 78 años de vida, no le teme a las enfermedades ni a la muerte. Lo ha hecho todo.


Rosendo es menor que Enilda por diez años. Él refiere que fue ella la que lo enamoró y resolvió todo para vivir juntos. FOTO: Jorge Giraldo Calle.

Cuando Rosendo Meléndez, el amor de su vida, perdió la vista por una cirugía que en su momento no pudieron costear, la desde entonces matrona asumió el orden de su rancho. “Cada familia tiene que pensar en ‘¿qué vamos a comer?’, ¿qué hay pa’ comer?’. Y de ahí salió mi idea de vender comida cruda a domicilio, con mi burrita”.

Membrillal está en las afueras de Cartagena, una invasión que se agolpa al lado de las más grandes industrias del Caribe. Su suelo es infértil pero por milagros que solo saben hacer los campesinos, esa tierra reseca, polvorosa y ácida, hoy ve crecer apetitosas harinas y frutas tropicales.

Tanta es la fama de Enilda y sus ventas, que hasta su casa llegan vecinos a proponerle cosechas o negocios para invertir en la siembra de tierras. FOTO: Jorge Giraldo Calle.


Las palabras no le bastan para expresarse, sus ademanes dibujan lo que dice. Cuenta que el secreto está en trabajar en cadena: le compra alimentos frescos y de buena calidad a sus vecinos, los lleva en su burra a otros barrios, y los ofrece a precios más bajos que en las tiendas. Comparado con lo que dicta el mercado, Enilda ofrece economía desde 200 hasta 1.000 pesos por producto.

Media hora camina a diario desde Membrillal hasta Policarpa, donde suele vender. El sol de las ocho de la mañana, dice no molestarle en su piel reseca. Recorre un kilómetro dirigiendo a su burra “Morocha”, como si comandara una procesión religiosa. Espanta las moscas que quieren pararse en su mercancía, con gritos iracundos y ramas que arranca a los bordes de la carretera.


A la vivienda no le invierten dinero porque están a la espera de una reubicación. Su casa está en predios donde se construirá la ampliación de carreteras nacionales. FOTO: Jorge Giraldo Calle.
El sonido de los cascos en las polvorosas calles llenas de piedras y escombros, es la señal para que de casa en casa salgan mujeres y niños a mercar. Nunca falta un chiste, la obscenidad del momento, el comentario sobre los asesinatos de la noche anterior, y la popular “ñapa” que le piden.

Que Enilda llegue todos los días a vender en Policarpa, es un alivio para muchas familias. En Cartagena la desigualdad económica es abismal; y el ahorro de dinero en estos hogares donde los miembros son muchos y la plata poca, significa tener vajillas llenas tres, dos, o ninguna vez al día.

El sol en meridiano le indica que debe regresar a su casa. Las cajas antes llenas de víveres ahora lucen vacías, cantando la victoria de otra jornada exitosa. Rosendo espera de pie en la entrada de la casa a su mujer; su falta de ojos no es impedimento para llevar su rutina con normalidad: se mueve con una naturalidad tan grande, y utiliza los elementos que hay en su vivienda con precisión. Por momentos parece que la historia de su ceguera es mentira, y que puede ver todo lo que pasa.



Con sorbos pausados de café, a las cuatro de la tarde Rosendo y Enilda cuentan el dinero ganado y acuerdan cómo invertirlo. Sus conversaciones suenan a las tramas que planean dos espías: el ñame de don Juan tiene gusano; la ahuyama de Pepa está bonita; el Sanjuanero tiene los mamones grandes…

El lugar de Morocha es el estrecho patio cercado con bareque podrido, y la amarran bajo un árbol de totumo donde hace todas sus necesidades. El aire huele a orín seco, y la mojiga se amontona para resellar con barro la cerca, como opción de retraso a su anunciada caída. Morocha tiene fama de trabajadora en Membrillal, y sus crías son apetecidas por codiciados compradores; en dos meses estará lista para quedar en embarazo.

Enilda no complacerá a su familia para retirarse del negocio y darse una vida más tranquila. La comida mueve su diario que hacer, y quizá eso sea lo que la mantiene tan activa y vibrante, más alegre que cualquier joven. Y seguirá vendiendo “hasta que la muerte me separe de la comida”.